Hay algo que suele pasar cuando empezamos a construir un pequeño emprendimiento desde casa y es que, tarde o temprano, aparece el cansancio.
No siempre porque estemos trabajando más horas —aunque muchas veces también pasa— sino porque empezamos a descubrir que llevar una idea a la realidad tiene más capas de las que imaginábamos cuando recién empezábamos.
Lo que desde afuera parecía sencillo empieza a mostrar su complejidad. Lo que en teoría era “hacer lo que nos gusta” de pronto también implica organizar, decidir, atender, resolver, publicar, aprender, equivocarse, volver a intentar y seguir.
Y cuando llegamos a ese punto de agobio, muchas veces buscamos hacer catarsis con alguien cercano. No necesariamente para que nos solucionen algo. A veces solo queremos que alguien nos escuche.
Y entonces aparecen los famosos “pero si…”.
Pero si sos tu propio jefe.
Pero si manejás tus horarios.
Pero si trabajás desde tu casa.
Pero si nadie te controla.
Pero si no tenés que trasladarte.
Pero si hacés lo que querés.
Pero si podés organizarte como quieras.
Pero si toda la ganancia queda para vos.
Pero si un día no querés trabajar, no trabajás.
Y podría seguir, porque hay tantos “pero si…” como formas distintas de mirar el trabajo.
Lo curioso es que muchas de esas frases tienen una parte de verdad. Emprender sí puede dar flexibilidad, sí puede acercarnos a una vida que se parezca más a lo que queremos construir, sí puede permitir cosas que otros trabajos no permiten.
Pero también pasa algo que desde afuera no siempre se ve: muchas veces esa libertad viene acompañada de responsabilidad, incertidumbre y una sensación difícil de explicar en la que nunca terminamos del todo de salir del trabajo porque el proyecto vive donde vivimos nosotros.
Y entonces entendí algo que me hubiera gustado entender antes: cuando alguien dice “pero si…”, muchas veces no está minimizando, simplemente está mirando desde un lugar distinto al nuestro.
Por eso, en esta sección me gustaría detenerme en algunas de esas frases que aparecen tanto cuando emprendemos. No para demostrar quién tiene razón ni para convertirlas en discursos motivacionales, sino para pensar juntos qué hay detrás de cada una.
Porque quizás entender mejor lo que hacemos también sea una forma de darle más valor.
Silvana
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