Hilaland, un universo tejido de historias

Si alguien me preguntara qué es exactamente Hilaland, probablemente mi primera respuesta sería muy sencilla: es mi emprendimiento. Pero, si siguiera la conversación un ratito más, tendría que reconocer que hace tiempo dejó de ser solamente eso.

Hilaland nació hace años, cuando decidí cambiar, por diferentes motivos, el nombre original de mi proyecto: Nanaluna. En ese momento era solo eso, un nombre,  que elegí porque me gustaba cómo sonaba y porque sentía que representaba un pequeño lugar donde podían convivir las cosas que más disfrutaba crear y compartir con los demás.

Con el paso de los años fue creciendo conmigo, mientras aprendía, me equivocaba, volvía a empezar y descubría caminos nuevos, también él iba cambiando. Dejó de ser solamente un nombre para convertirse, poco a poco, en el lugar donde todo aquello encontraba su espacio, se fue tejiendo despacito con hilos de diferentes colores que nacieron de las experiencias vividas en el pasado, por eso es "un universo tejido de historias".

Ahora entiendo algo que antes no supe explicar:

Todo lo que había construido no estaba mezclado, cada cosa ocupaba un lugar diferente.

Fue recién entonces cuando entendí que Hilaland era mucho más que un emprendimiento, es un universo habitado por diferentes espacios que nacieron porque cada uno necesitaba cumplir una función distinta. Ninguno intenta reemplazar al otro, tampoco compiten entre sí, se complementan, se acompañan y, cuando cada uno ocupa su lugar, el universo entero encuentra equilibrio.

El blog es el rincón donde las ideas pueden quedarse el tiempo que necesiten, es el lugar donde los conocimientos, los pensamientos y las reflexiones respiran despacio, donde los temas se desarrollan sin prisa y donde puedo compartir aquello que no cabe en una publicación breve.

Por eso, en el blog hay "mundos" algunos despiertan curiosidad, otros invitan a aprender, algunos simplemente nos regalan un momento de calma y otros nos llevan a mirar las cosas desde un lugar distinto. Cada uno propone una experiencia diferente, pero todos terminan formando parte del mismo universo. Esa es una de las cosas que más disfruto de crear porque, igual que ocurre con las personas, las ideas también parecen encontrar su verdadero significado cuando llegan al lugar al que verdaderamente pertenecen.

Las redes sociales cumplen otra misión. No están para reemplazar al blog, sino para abrir pequeñas ventanas hacia él. Son el primer encuentro, una invitación a descubrir lo que existe detrás. A veces muestran una creación terminada o un proceso, otras una reflexión, una fotografía o un pequeño fragmento de lo que ocurre en ese universo. Su tarea no es contarlo todo, sino despertar la curiosidad y visibilizar contenido que puede resultar útil o interesante.

WhatsApp también tiene su propio lugar, allí viven mis creaciones de una manera mucho más práctica y clara. Es el espacio donde cada pieza puede presentarse con toda la información necesaria para que, si encuentra a la persona indicada, pueda encontrar su lugar en el mundo.

Cada espacio hace aquello para lo que nació y por eso pueden convivir sin perder su identidad: el blog no necesita vender, las redes no necesitan contarlo todo y WhatsApp no necesita convertirse en un diario. Cada uno existe porque responde a una necesidad diferente y, sin embargo, todos hablan del mismo universo.

No lo planifiqué desde el principio, simplemente ocurrió. Es como si hace muchos años hubiera plantado una semilla sin saber realmente qué árbol iba a terminar creciendo. Me alegré con cada brote nuevo, me ilusioné con cada flor y me emocioné con cada fruto. El árbol fue creciendo hacia lugares que jamás había imaginado. Algunas ramas se fueron fortaleciendo despacio y otras, incluso, cambiaron de dirección como si quisieran acompañarme mientras yo iba cambiando.

Hoy puedo verlo, disfrutarlo y compartirlo. Hilaland no nació de una idea clara y mucho menos perfecta se fue tejiendo, igual que un amigurumi, vuelta tras vuelta, aprendizaje tras aprendizaje, hasta convertirse en el lugar que siempre había querido construir, aunque durante mucho tiempo no supiera ponerle palabras.