Hay lugares que no aparecen en los mapas. Y hay días en los que, si uno abre la puerta correcta, puede entrar un rato y salir distinto.
Esa mañana Hila salió del taller sin estar buscando nada en particular. A veces caminaba, a veces encontraba algo sin proponérselo y otras simplemente el entorno parecía estar en calma, respirando suave, como si no hubiera nada urgente que entender.
Pero ese día era diferente, aunque todavía no sabía por qué.
Se detuvo un momento, miró hacia adelante y ahí estaban los caminos. Algunos ya habían sido recorridos; otros todavía esperaban, apenas insinuados, como si todavía no hubieran terminado de existir del todo.
Y en ese instante Hila sintió, sin necesidad de pensarlo demasiado, que ese mundo y ella eran casi una misma cosa; que aquello que soñaba, al despertar ya formaba parte del paisaje, como si siempre hubiera estado ahí, esperándola.
Hila descubre, sin quererlo, que vive en un mundo que cambia junto con ella y que sabe tejerse a sí mismo. No para sorprenderla ni para llevarla hacia lugares que todavía no está lista para recorrer, sino para acompañarla: según el día, lo que siente, lo que descubre, lo que necesita o incluso la aventura que decide vivir.
A veces el paisaje parece haber sido tejido de otra manera; aparecen caminos nuevos, algo ocupa un lugar que el día anterior todavía no existía o el aire mismo parece guardar otra historia. Y otras veces no cambia nada en absoluto, salvo la forma en que Hila lo mira.




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