Después de caminar un rato más, Hila decidió volver al taller. Desde lejos seguía pareciendo pequeño, casi escondido entre el paisaje, pero cuando se acercaba siempre tenía la sensación de que allí dentro todo era diferente. Era uno de esos lugares cuyo silencio no se siente vacío, porque cada cosa parece guardar un poco de la vida de quien la habita.
Hila abrió la puerta y entró. Adentro se respiraba paz y la luz que entraba por la ventana tenía esa calidez tranquila que ella tanto amaba. Había cestas con hilos, proyectos empezados y una vela aromática encendida que esparcía por el ambiente el dulce aroma a frutos rojos. Su mate y su termo esperaban en el lugar de siempre, listos para brindarle su compañía silenciosa, y todo tenía ese aire sereno de los lugares que conocen de memoria a quien los habita.
Abrió la ventana para dejar entrar la brisa y durante un rato se quedó mirando el paisaje. Era el mismo de siempre, aunque después de lo que había visto aquella mañana ya no podía mirarlo exactamente de la misma manera. Había algo nuevo en su forma de observarlo, como si ahora supiera que detrás de las cosas que veía podían existir otras que todavía no alcanzaba a descubrir.
Después eligió un ovillo cualquiera, se sentó cerca de la ventana y comenzó a tejer. No tenía ningún proyecto en mente ni esperaba que ocurriera nada especial; simplemente dejó que sus manos hicieran lo que tantas veces habían hecho antes. El hilo fue pasando entre sus dedos, una vuelta después de otra, hasta que en algún momento Hila levantó la vista.
No había escuchado ningún sonido ni había ocurrido nada que pudiera llamar realmente su atención. Fue más bien una sensación, difícil de explicar, como si aquello que estaba tejiendo no terminara exactamente donde terminaban sus manos.
Miró el hilo que tenía entre los dedos y después volvió la vista hacia la ventana. La brisa seguía moviendo suavemente las cortinas y, afuera, el paisaje permanecía tranquilo. Entonces creyó ver que una de las hebras continuaba más allá de la ventana y se perdía en la distancia, siguiendo un recorrido que no alcanzaba a distinguir.
Hila parpadeó y volvió a mirar, pero ya no estaba segura de haberlo visto realmente.
Quizá había sido la luz, o el movimiento del aire, o simplemente su imaginación después de todo lo que había descubierto durante aquellos días. No intentó encontrar una explicación. Se quedó un momento observando el hilo entre sus manos y finalmente volvió a tejer, aunque desde entonces cada vez que lo hacía no podía evitar preguntarse hasta dónde llegaban realmente aquellas hebras.






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