Aquella mañana Hila había salido a caminar sin una idea demasiado clara de hacia dónde ir y terminó sentándose donde el camino parecía terminar. Frente a ella había un libro abierto, algo que no le resultaba particularmente extraño porque en ese mundo había cosas que aparecían y después desaparecían, mientras que otras podían quedarse durante días. Hila nunca se preguntaba demasiado por qué; simplemente las encontraba y las aceptaba como parte de aquel lugar que todavía estaba aprendiendo a conocer.
Se sentó cerca, acomodó el vestido y, mientras observaba las páginas abiertas, empezó a jugar distraídamente con una hebra de hilo rosa que había llevado en el bolsillo junto a su compañera, la aguja de crochet. No estaba haciendo nada concreto, o al menos eso creyó. Entre una vuelta y otra del hilo, sus manos siguieron moviéndose por costumbre, como cuando una teje mientras piensa en otra cosa, hasta que, sin darse cuenta, dejó un pequeño punto sobre uno de los rincones vacíos de la página.
Después siguió mirando alrededor, como tantas veces hacía, porque podía pasar largos ratos simplemente observando las hojas bailar suavemente al compás del viento o dejando que el tiempo transcurriera sin necesidad de hacer nada con él. El mundo continuó como si nada y Hila también, hasta que en algún momento volvió la vista hacia el libro.
Entonces se detuvo.
Donde antes no había nada, ahora descansaba una pequeña flor tejida en el mismo tono de rosa del hilo que todavía seguía entre sus dedos.
Hila se quedó quieta durante unos segundos, tratando de entender qué estaba viendo. No se sintió como una sorpresa ni como un truco de magia; fue más parecido a esas cosas que, cuando ocurren, dejan una extraña sensación de haber estado esperando ser descubiertas desde mucho antes. Se acercó un poco más y rozó apenas uno de los pétalos. Era suave, igual que su hilo.
Por un instante pensó que quizá el mundo no solamente cambiaba junto con ella. Tal vez, de alguna manera que todavía no alcanzaba a comprender, también podía dejar un espacio para que algo nuevo apareciera… o para que alguien se animara a dejar un pequeño pedacito de sí mismo en él.





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