Después de detenernos un momento en todo eso que suele aparecer desde afuera cuando alguien decide emprender —los “pero si…”, las ideas que parecen tan lógicas vistas desde otro lugar y esa sensación de tener que explicar constantemente que algunas cosas no son tan simples como parecen— aparece una conversación distinta, una bastante más silenciosa y difícil de poner en palabras.
Porque llega un momento en el que dejamos de escuchar tanto al entorno y empezamos a escucharnos demasiado a nosotros mismos.
Y ahí cambia todo.
Ya no importa tanto si alguien entiende nuestro trabajo o si considera que estamos haciendo suficiente. Lo que empieza a pesar son nuestras propias preguntas, esas que aparecen despacito y que al principio parecen inofensivas, pero que si les damos demasiado lugar terminan ocupando más espacio del que deberían.
¿Y si esto no funciona?
¿Y si me equivoqué?
¿Y si no soy capaz?
¿Y si el problema no es el proyecto sino yo?
Creo que una de las cosas más difíciles de emprender es que los resultados suelen mezclarse demasiado con nuestra identidad. Necesitamos vender porque hay inversión, porque hay objetivos, porque ha cuentas y porque un proyecto necesita sostenerse, claro que sí, pero muchas veces también necesitamos vender porque buscamos algo más difícil de reconocer: una confirmación silenciosa de que vamos por buen camino.
Y cuando esa confirmación tarda en llegar, empieza una especie de negociación interna donde cada publicación que no tuvo alcance, cada consulta que no terminó en compra o cada idea que no salió como esperábamos parece convertirse en evidencia de que quizás no estamos hechos para esto.
Hablando con otras personas que emprenden encontré algo que se repetía mucho más de lo que imaginaba: no era solo frustración. También aparecía culpa, vergüenza, comparación y esa sensación incómoda de sentir que todos avanzan menos uno.
Y sin embargo, cuanto más escuchaba esas historias, más me daba cuenta de algo que me hubiera gustado entender antes: muchas veces no estamos fracasando, estamos atravesando una etapa que imaginábamos mucho más rápida, mucho más clara o mucho más ordenada de lo que realmente es.
Porque emprender tiene algo extraño. Nos pide aprender mientras hacemos. Nos pide tomar decisiones sin tener garantías. Nos pide sostener una idea durante un tiempo que casi nunca coincide con el que habíamos imaginado.
Y quizás por eso me gusta tanto pensar en aquella frase que dice que emprender no es ni ciencia ni arte, sino una práctica.
Porque una práctica no se domina en un día, ni se define por un único resultado, ni deja de existir porque una etapa haya sido difícil.
En las próximas publicaciones me gustaría seguir pensando en esas conversaciones que aparecen cuando emprendemos y que muchas veces damos por ciertas sin cuestionarlas demasiado: el cansancio, las expectativas, la presión de hacer todo bien, la comparación, la productividad y también el descanso.
No quiero abordarlas para encontrar respuestas mágicas porque sinceramente no creo que existan, sino para intentar construir una forma un poco más humana de habitar todo esto que elegimos crear.
Silvana
.png)



No hay comentarios:
Publicar un comentario
La conversación sigue acá abajo.