La moda del emprendedurismo

Hace un tiempo que vengo pensando en esto y cada vez estoy más convencida de algo: emprender se volvió una palabra que escuchamos por todos lados.

Está en redes sociales, en entrevistas, en videos, en conversaciones cotidianas y hasta en esos momentos en los que alguien cuenta que dejó un trabajo para dedicarse a algo propio y enseguida aparecen comentarios llenos de admiración, curiosidad o ganas de hacer lo mismo. En realidad me parece lógico que pase.

Cada vez conocemos más personas que empezaron un proyecto porque descubrieron que podían convertir un hobby en una fuente de ingresos, otras que encontraron en eso una salida frente a una situación que las obligó a reinventarse y otras que simplemente sintieron que querían intentar vivir de algo que realmente disfrutaban hacer.

Por eso no me sorprende que emprender se haya vuelto una palabra tan presente. Lo que sí me hace pensar es todo lo que parece venir junto con ella.

Porque cuando algo se vuelve visible también empieza a llenarse de expectativas y, casi sin darnos cuenta, aparecen ciertas imágenes que se repiten tanto que terminan pareciendo universales. De pronto parece que emprender siempre tiene que verse inspirador, apasionante, creativo, libre y exitoso; como si hubiera una forma correcta de hacerlo, como si todos empezáramos por el mismo motivo y como si alcanzar ciertos resultados fuera solamente una cuestión de actitud o de ganas.

Cuanto más leo, escucho y observo, más siento que la realidad es bastante menos ordenada que eso.

Emprender puede ser entusiasmo, sí, pero también incertidumbre. Puede sentirse como ilusión y al mismo tiempo traer miedo, puede parecer libertad algunos días y responsabilidad otros, puede traer aprendizajes hermosos y también momentos donde una se pregunta si realmente está preparada para todo lo que implica.

Quizás por eso me hace un poco de ruido cuando la conversación se queda solamente en la parte más visible de todo esto, porque si algo descubrí en este tiempo es que tener una idea es apenas el comienzo.

Después vienen las decisiones, las pruebas, los cambios de rumbo, las expectativas que uno tiene que aprender a acomodar, las habilidades nuevas que aparecen en el camino y también ese ejercicio constante de bajar ideales a tierra sin perder del todo la ilusión que nos hizo empezar.

No digo esto para quitarle belleza a emprender ni para desanimar a nadie, al contrario, creo que poder hablar de estas cosas también es una forma de devolverle humanidad.

Porque quizás el problema no es que emprender esté de moda. Quizás el problema aparece cuando creemos que existe una única manera de hacerlo o cuando sentimos que tenemos que cumplir con una idea de emprendimiento que en realidad nunca fue nuestra.

Y ahí aparece una pregunta que me parece mucho más interesante que preguntarnos si emprender vale la pena o no: ¿Por qué queremos emprender?

Porque cuando el entusiasmo inicial baja un poco, cuando llegan tareas que no nos gustan tanto o cuando el crecimiento no aparece en el tiempo que imaginábamos, son esos motivos los que terminan sosteniendo el camino.

Y creo que vale la pena detenernos a pensarlos. No para encontrar respuestas perfectas ni fórmulas universales, sino para construir una forma un poco más propia, más consciente y más humana de crear aquello que queremos construir.

Silvana

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